Martes Santo: Vivir agradecidos.

SEMANA SANTA

Por Rafael Benítez Arroyo

Párroco de Trigueros

Ayer me sucedió algo curioso. Al terminar el día, cuando ya la noche empezaba a tender su pesado manto en invitar al sueño, estaba sentado mirando la televisión, que es una de las distracciones con que pasamos estos días de confinamiento. No sé si era el principio del sueño que ya me reclamaba o el efecto de un programa perfectamente ajeno a la situación que estamos viviendo, lo cierto es que por unos momentos me sentí completamente ligero y aliviado del peso que se cierne sobre nosotros. Me resulta difícil explicar cómo, durante unos momentos, me sentí ajeno al pesar cotidiano con que vivo estos días. La incertidumbre parecía no haber estado ahí. Cuando volví a tomar conciencia de la realidad, el peso volvió a caer sobre mí.
Somos, o éramos, muy afortunados, tenemos tantos motivos para vivir agradecidos que, cuando una nube oscura oculta el sol al que estamos acostumbrados, aparece la confusión y, en bastantes casos, el desánimo. Quizá sea el momento de reflexionar sobre todo eso, como aquellos israelitas que, lejos de su casa, en un destierro inacabable, añoraban su tierra y poder volver a sus tradiciones. A todo lo que perdieron y que ahora añoraban casi con melancolía. Cuenta la escritura que cuando volvieron y abrieron el libro de la alianza y lo proclamaron en público, lloraban al descubrir cuán lejos habían estado, no de distancia física, sino de corazón de Aquel que les dio la vida y les hizo ser un pueblo, una familia.
Sin embargo, con el tiempo, el Padre tuvo que enviar a su Hijo para acabar la tarea comenzada tanto tiempo atrás. No sólo aquellos israelitas eran gente de cabeza dura, cada generación ha de vivir su propio destierro para aprender lo fundamental, como decía el poeta quizá invirtiendo los términos: “lo terrible se aprende de un golpe y lo hermoso nos cuesta la vida”.
Ahora que estamos en una nueva encrucijada de la historia, ¿volveremos la mirada al Hijo? Mordidos por la serpiente del egoísmo y puestos a prueba por la serpiente de la enfermedad, ¿reconoceremos la salvación que brota de la cruz? ¿O seguiremos sin hacer los aprendizajes correctos?

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